Fiesta de la Misericordia - Monseñor Julio Hernando García Peláez, Obispo Diócesis de Garagoa
“La Misericordia del Señor llena la tierra”

La fiesta de la Divina Misericordia, que la Iglesia Católica celebra el segundo domingo de Pascua de cada año, evoca las reacciones de Dios en favor de su Pueblo, y al mismo tiempo mira con esperanza y confianza lo que Dios hace y hará en favor nuestro.
Dios es amor y ese amor lo mueve a la misericordia. Por lo tanto, Dios es siempre misericordioso, siempre se inclina ante quien esta caído, sea el motivo que sea. Toda la historia de la salvación es una sucesiva intervención divina en favor de los pueblos.
El pueblo de Israel fue amado y elegido por Dios, para que fuera el pueblo que comunicara y transmitiera a los demás pueblos de la tierra, la experiencia de un Dios cercano, fiel y compasivo. Sin embargo, Israel a pesar de haber experimentado en plenitud el amor profundo y sincero de Dios, no supo corresponder a su amor, y prefirió falsos dioses e ídolos hechos a imagen de animales y de hombres, que hoy son y luego ya no existen.
Sin embargo, Dios no abandonó al ser humano ni al pueblo de Israel a vivir en el infortunio y la desventura; al contrario, mientras el pueblo peregrinaba por el desierto, Dios mostró su misericordia, su compasión y su ternura, y lo llevó a una tierra que manaba leche y miel.
Del mismo modo, cuando Israel estaba en el exilio, o sufriendo, y esclavizado, como en los tiempos de la deportación, Dios dejó ver su rostro misericordioso, tomando a su pueblo con su propia mano y regresándolo de nuevo a su tierra, a su ciudad santa y a su gran templo.
La Jerusalén esplendorosa, con el majestuoso templo, animado por la Ley santa, cantaba las misericordias del Señor a todas las naciones; sin embargo, a pesar de la bella experiencia y de sentir la cercana presencia de Dios en su historia, Israel volvió a dar la espalda a Dios y cayó en la idolatría; pero de nuevo, Dios lleno de amor y de ternura, mostró su compasión y su misericordia con un hecho asombroso: Dios se hizo hombre en su Hijo Jesucristo, para salvarnos de la esclavitud del pecado, y para hacer sentir a todos los pueblos la alegría de ser hijos de Dios, y hermanos de todos los hombres.
Jesús, al hacerse uno como nosotros, nos mostró en gestos, palabras y actitudes el rostro misericordioso del Padre. Jesús vino a compadecerse de los que sufren, de los excluidos, de los marginados, de los que no cuentan, de los más pobres. (Cfr. Lc. 4, 16). Jesús es la misericordia en persona, y el modelo a seguir por todos los creyentes. Jesús mismo enseñaba: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso”.
Cumplida la misión, Jesús encargó a sus discípulos, a ser misericordiosos como el Padre de los cielos es misericordioso. Los discípulos, animados por el Espíritu Santo, asumieron de inmediato este mandato y daban testimonio del Evangelio, con las obras de misericordia que acompañaban su predicación. Con el paso del tiempo, y animados por el Espíritu Santo, la Iglesia vive la misericordia divina y la hace presente cuando se acerca a toda persona y le hace sentir el amor de Dios.
La fiesta de la Divina Misericordia nos compromete a ser compasivos y misericordiosos, al estilo de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo nuestro Salvador. La misericordia es garantía de nuestra fe. Que esta fiesta llene a toda la tierra de la gloria del Señor. Amén.
