Diario Santa Faustina, 359
Por la noche, durante la bendición, pensamientos como estos comenzaron a inquietarme: ¿Acaso todo lo que digo sobre la gran misericordia de Dios no es más que una mentira o una ilusión...? Quise reflexionar sobre esto un rato, cuando oí una voz interior fuerte y clara que decía: «Todo lo que dices sobre mi bondad es verdad; el lenguaje no tiene palabras suficientes para ensalzar mi bondad». Estas palabras estaban tan llenas de poder y eran tan claras que daría mi vida por declarar que venían de Dios. Lo sé por la profunda paz que las acompañó en ese momento y que aún me acompaña. Esta paz me da tal fuerza y poder que todas las dificultades, adversidades, sufrimientos e incluso la muerte misma palidecen. Esta luz me permitió vislumbrar la verdad de que todos mis esfuerzos por llevar a las almas a conocer la misericordia del Señor son muy gratos a Dios. Y de esto brota en mi alma una alegría tan grande que no sé si podría ser mayor en el cielo.
¡Oh, si las almas estuvieran dispuestas a escuchar, aunque sea un poco, la voz de la conciencia y la voz —es decir, las inspiraciones— del Espíritu Santo! Digo «aunque sea un poco» porque, una vez que nos abrimos a la influencia del Espíritu Santo, Él mismo suplirá lo que nos falta.