Seminario de Vida en la Misericordia Anuncio 6: "El Espíritu Santo Fuente de Misericordia"

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Seminario de Vida en la Misericordia  Anuncio 6:
Anuncio 6: El Espíritu Santo; la Fuente de la Misericordia DSF 1411: Oración al Espíritu Santo El Reinado de la Misericordia, es un reino del Espíritu que se evidencia en las obras concretas que desarrollamos y en nuestra manera de relacionarnos, el numeral 163 del Diario de Santa Faustina, es un itinerario del Espíritu que nos recuerda el acontecer del Reino de la Misericordia en nosotros.
En esa Plegaria Santa Faustina suplica: “Ayúdame Señor a que mis ojos sean misericordiosos, ayúdame Señor a que mi lengua, mis oídos…”, es decir; para lograrlo necesitamos la ayuda de Dios, ¡solos no podemos! ¡Necesitamos el Santo Espíritu de Dios! Tú y yo estamos llenos de buenos propósitos como San Pedro que prometió seguir a Jesús y defenderlo en todo momento, él lo intentó, incluso hasta sacó un cuchillo y le cortó la oreja a Malco, momentos después llegó la negación. (ver Mt 26, 70-74).
Tenemos buenas intenciones, pero ¡Solos no podemos! Hemos de llenar la Casa de Dios, llenarla del Espíritu Santo, de lo contrario corremos un gran riesgo. (Ver Mt 12, 43 – 45) La Promesa del Espíritu es para nosotros: "Les conviene que yo me vaya; para que venga a ustedes el Espíritu Consolador”.
(Juan, 16, 7) “Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto". (Lucas, 24, 49) "El que tenga sed, que venga a mí, y que beba" (Juan, 7, 37) Nos dice San Basilio: “Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna” (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 15, 36: PG 32, 132).
CEC: 737 El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).
No olvidar la acción del Espíritu: "e irá delante… para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”. (Lc 1, 17) CEC 721: María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. – En Ella-, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.
Ella está llena del Espíritu: “Alégrate llena de gracia” (Lc 1, 26-38), nuestra Madre Santísima es la llena de Dios, su vida ha sido invadida por el Santo Espíritu, de tal forma que canta la mas especial alabanza: “Magnifĭcat anĭma mea Domĭnum”. Engrandece mi alma al Señor.
María desea que Dios sea Grande en todos. (Lc 1, 46-55) Quien se consagra a María está siempre encendido por el fuego del Espíritu, por eso nos enseña la Iglesia: En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11) (Ver CEC 724). En Hechos 2, 1-11, se nos describe el acontecimiento de Pentecostés, con su fruto de la unidad, mientras en Gn 11, 1-9, se nos describe Babel, que solo evoca dispersión, confusión. Necesitamos el Espíritu en casa, en la Iglesia, para vivir en la Unidad.
“Hazte capacidad que yo me haré torrente”, dice Jesús a Santa Catalina de Siena, abramos nuestra vida a la efusión del Santo Espíritu.