Discipulado - La Palabra para escuchar su voz

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Discipulado - La Palabra para escuchar su voz

Volver a la Palabra de Dios, volver a la Escritura de manera renovada fue uno de los evidentes signos que constató que el Concilio Vaticano II (1963-1968) se convirtiera en un nuevo Pentecostés para la Iglesia. El Espíritu Santo hizo que la Palabra fuese confiada a todos los fieles cristianos generando movimientos insospechados y verdaderamente sorprendentes. Un ejemplo de este movimiento lo constituye nuestro manual Misericordia día a día, que es un instrumento con el cual los discípulos de una forma sencilla y práctica logran escuchar las Palabras de vida del Maestro, porque “a Dios hablamos cuando oramos y le escuchamos cuando leemos sus Palabras”.

Cuantos vivimos al ritmo de su sencillo método experimentamos que cuanto más nos encontramos diariamente con la Palabra, más nos antojamos de ella. ¿Por qué pasa eso? Porque en la Palabra encontramos el susurro de la voz de Dios que sostiene, orienta, levanta y enamora, en Ella, experimentamos el soplo suave del Espíritu que nos impulsa a seguir tras las huellas del Maestro, en La Palabra encontramos el espejo que nos muestra lo que Dios obra en lo profundo del corazón humano. La Poderosa Palabra cura nuestra miope visión del Señor, de los hermanos, del mundo y de nosotros mismos. Ella hace nacer en nosotros nuevas realidades, porque sus palabras “son Espíritu y Vida” (Jn 6,63).

Por donde la abordemos, notaremos que siempre la Palabra de Dios nos abre un nuevo escenario para una marcante experiencia de fe, es eso lo que vivimos día a día, cuando nos abrimos a la fuerza de un corto versículo, siempre transformante y siempre iluminador de nuestra experiencia como caminantes, pero también es eso lo que vivimos cuando diariamente, al despertar, entramos en dialogo con el Señor a partir del Camino Diario de Oración. Para lograrlo, hay que darle a la Lectio Divina, a la Lectura orante con la palabra todo el tiempo que sea necesario. Debemos como María de Betania, atrevernos a escoger la mejor parte (Lc 10, 39).

La finalidad de la lectura de la Palabra de Dios no es la acumulación de conocimientos sino la iluminación de la vida, la vida según Dios. Esta vida la recibimos en el amoroso encuentro con Él, que siempre está por gracia a nuestro alcance, y nos muestra su rostro abriéndonos sus brazos misericordiosos. De esta manera el discípulo se acerca a la Palabra no sólo intelectual o instrumentalmente sino con un corazón “hambriento de oír la Palabra del Señor” (Am 8, 11).

Precisamente 50 años atrás, el Concilio había manifestado el interés de que la Palabra fuese el pan para el camino de la vida del creyente, “vigor y sustento” de toda la vida eclesial (cfr. Dei Verbum 21), y promoviendo su lectura la situó al mismo nivel del Cuerpo de Cristo: “La Iglesia siempre ha venerado a las Sagradas Escrituras como al mismo Cuerpo de Cristo” (DV 21), En ese sentido, podemos considerar que hay que estar atentos a su contacto para que así como se tiene el cuidado que ni una sola partícula de la Hostia consagrada se pierda, así mismo no se escape un solo detalle de la Palabra que es dada en cada lectura orante.

Benedicto XVI en la Exhortación Apostólica Verbum Domini, en el numeral 86b, ofrece un horizonte para vivir la fecundidad de la Palabra y advierte de los cuidados para que esta experiencia sea de verdadera riqueza personal y eclesial:

A este propósito, no obstante, se ha de evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios es dada precisamente para construir comunión, para unir en la Verdad en el camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia. Por tanto, es necesario acercarse al texto sagrado en la comunión eclesial. En efecto, “es muy importante la lectura comunitaria, porque el sujeto vivo de la Sagrada Escritura es el Pueblo de Dios, es la Iglesia... La Escritura no pertenece al pasado, dado que su sujeto, el Pueblo de Dios inspirado por Dios mismo, es siempre el mismo. Así pues, se trata siempre de una Palabra viva en el sujeto vivo. Por eso, es importante leer la Sagrada Escritura y escuchar la Sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia, es decir, con todos los grandes testigos de esta Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta el Magisterio de hoy”.

Fraternalmente,

Maria Limbania Mazo Vélez

Misionera de la Casa de la Misericordia

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