Discipulado - La oración para estar con Él

Conectate en vivo:https://youtu.be/dkTk78XpkLA

Discipulado - La oración para estar con Él
Aparecida No. 131 Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él porque es la fuente de la vida (cf. Jn 15, 5-15) y sólo Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68). En la convivencia cotidiana con Jesús y en la confrontación con los seguidores de otros maestros, los discípulos pronto descubren dos cosas del todo originales en la relación con Jesús. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro. Fue Cristo quien los eligió. De otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona (cf. Mc 1, 17; 2, 14).
Jesús los eligió para “que estuvieran con Él y enviarlos a predicar” (Mc 3, 14), para que lo siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos” y participar de su misión. Ellos le respondieron: Rabbi –que quiere decir maestro- ¿dónde permaneces? Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron. Vieron dónde permanecía y se quedaron con Él aquel día. (Jn 1, 38-39) El Evangelista San Marcos nos comunica el propósito del llamado del Señor a los doce, tal como lo recuerda el numeral 131 del Documento de Aparecida: Subió a la montaña, fue llamando a los que Él quiso y se fueron con Él.
Nombro a doce para que estuvieran con Él… (3,13 - 14). El llamado del Maestro tiene esta claridad ineludible, el Señor prioritariamente nos ha buscado, nos ha llamado para estar con Él, para convivir y permanecer en Él, esa es la empresa del Señor, consiste en buscar hombres y mujeres que vivan íntimamente unidos a Él, Su voluntad, es que permanezcamos unidos a Él como el Sarmiento a la Vid. Nuestros Obispos en Aparecida, refiriéndose a esta íntima pertenencia y permanencia nos dirán en el numeral 132: “Con la parábola de la Vid y los Sarmientos (cf. Jn 15, 1-8), Jesús revela el tipo de vinculación que Él ofrece y que espera de los suyos. No quiere una vinculación como “siervos” (cf. Jn 8, 33­36), porque “el siervo no conoce lo que hace su señor” (Jn 15, 15).
El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que su discípulo se vincule a Él como “amigo” y como “hermano”. El “amigo” ingresa a su Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia (cf. Jn 15, 14), marcando la relación con todos (cf. Jn 15, 12)”. El estar con Jesús, privilegiadamente acontece en la oración, y la oración para el discípulo es un saber estar con Jesús. La vida de Dios circula gracias a este vínculo de unidad donde se encuentra nuestra sed con la sed de Dios como expresa san Agustín, permanecer con Él es permitirle que al calor de la oración personal, comunitaria y litúrgica el Señor de forma a la vida, asumiéndonos totalmente en la medida en que paulatinamente vamos vaciándonos de nosotros mismos para ser invadidos por su gracia. El discipulado será el espacio donde experimentar lo que santa Catalinad de Siena entendió le pedía el Señor: “¡hazte capacidad que Yo me haré torrente!”.
Quedarse con Jesús mediante la oración es signo de haber tomado conciencia de que somos sus discípulos, es apropiarnos de la nueva vida que nos ha traído. Sí oramos, es porque le hemos conocido y le amamos. La oración nos hace frecuentar el amor, si le amamos deseamos permanecer en el amor y luchamos contra todo aquello que intente impedirlo. Allí le expresamos nuestro amor, de lo contrario lo ignoramos, le hacemos entender por sustracción que no es importante. ¡El que ama encuentra un momento!, se dispone, invierte en la relación, sabe que se beneficia de vivir en relación y es desde aquí que captamos el sentido de la oración vivido a profundidad por santa Teresa quién definió la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.
Los evangelios nos dejan claro que Jesús pasó largas horas por la noche orando, en intimidad absoluta con el Padre para tomar decisiones (Lc 6, 12), momentos particulares como en el bautismo, la transfiguración y en el huerto de Getsemaní nos escenifican su fuerte oración en toda circunstancia, en los inviernos y veranos de la vida, y qué decir de su clamor desde la Cruz (Lc 3, 2. 9,28. 22, 39 y Mt 27, 46). No hay duda que la oración intensa de Jesús, su viva intimidad, será fuente de enseñanza sobre la misma para luego iluminar y animar a sus discípulos.
Fraternalmente, Carolina y Madyuli Molina
Misioneras de la Casa de la Misericordia en Rio de Janeiro
MOSTRAR MENOS