En la Escuela de Santa Faustina

En la Escuela de Santa Faustina

P. Ricardo Giraldo s.e.s.

Cuando el sacrificio significa Obedecer

El: Miércoles, 18 Abril 2012. Publicado en: Escuela de la Misericordia, P. Ricardo Giraldo s.e.s., General

Espiritualidad de la Misericordia, Espiritualidad del Discípulo Misionero.

Cuando el sacrificio significa Obedecer

En tiempos fuertes espirituales, como la cuaresma, la Iglesia invita a unir a la oración y la caridad, la práctica del ayuno y de otras obras de sacrificio. Pero esta práctica no es cosa sólo de los momentos fuertes de la Iglesia. De hecho, en muchas oportunidades, el creyente que quiere profundizar en la vida espiritual, se siente llamado a hacer un sinnúmero de sacrificios pretendiendo purificar el espíritu, alcanzar la cima anhelada, o por medio de ellos, interceder para salvar almas. Esta búsqueda de sacrificios surge como acto de amor a Dios, el creyente busca demostrar su adoración a Dios ofreciéndole sacrificios.

La verdad es que toda nuestra vida debe ser un acto de adoración a Dios, (cfr. CIC 347). La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. El Catecismo de la Iglesia afirma que: ...Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso... es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. (CIC 2096-2097). Podemos decir que nosotros encontramos nuestra razón de vivir cuando adoramos a Dios: Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora, dice bellamente la Beata Isabel de la Trinidad.

La adoración es el motor de la Biblia. Todo en ella es un acto constante de adoración. La adoración en el Antiguo Testamento tomaba muchas formas, y una de ellas era el sacrificio. La tradición católica lo reconoce y continúa tanto en el culto litúrgico, la Eucaristía, como en los actos personales. La Iglesia recoge esto diciendo: Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión... (CIC 2099).

Entonces, en nuestro deseo de crecer en nuestro discipulado de la Misericordia, ¿cuál será el tipo de sacrificio que nos hará más aceptos al Señor?, ¿en qué consiste el sacrificio del discípulo de la Misericordia? Con santa Faustina podemos aprender lo que podríamos llamar el más grande acto de sacrificio que podemos practicar tanto en el tiempo de la Cuaresma como en todo momento. Leamos lo que nos comparte santa Faustina en su Diario (cfr. DSF 932-933) y descubrámoslo:

Hace algunos días escribí a mi director espiritual pidiendo permiso para ciertas pequeñas prácticas por el tiempo de la Cuaresma. Como no disponía del permiso del médico para ir a la ciudad, he tenido que hacerlo por carta. … he conocido en el alma que el Padre no está en contra de aquellas prácticas que le pedí y me concede su permiso; y con tranquilidad he empezado a ejercitarme en esas prácticas que pedí. … he recibido la carta del Padre diciendo que para las prácticas solicitadas me da su permiso. Me he alegrado muchísimo de que mi conocimiento interior haya estado conforme a la opinión del Padre espiritual. (DSF 932)

La santa escribe esto en la Cuaresma del año 1937, mientras está en la clínica. Una primera pregunta que nos surge es: ¿será que una mujer santa, como ella, necesitará de mortificaciones, ayunos y sacrificios?, ¿será bueno, para alguien tan enfermo como ella, entregarse a mortificaciones?, ¿cuánto merito tendrá ante el Señor ese tipo de esfuerzos?... sabemos, porque ella nos cuenta, que su médico le prohíbe incluso salir de la clínica, pero el Señor le da a conocer que su confesor se lo permite. ¿Será que el gozo de Dios está en su disponibilidad al sufrimiento y por eso recibe el conocimiento interior del permiso concedido? Continuemos la lectura:

... Luego oí en el alma estas palabras: Obtendrás una mayor recompensa por la obediencia y la dependencia al confesor que por las prácticas mismas en las que te ejercitarás. Hija Mía, has de saber y comportarte según esto: aunque se trata de la cosa más pequeña, pero con el sello de la obediencia a Mi sustituto será una cosa agradable y grande a Mis ojos. (DSF 932-933).

En esta afirmación del Señor a nuestra santa modelo de vida en misericordia encontramos una clave para hacer nuestro deseo de perfección un camino feliz: la Obediencia. El verdadero discípulo es el que transita el camino angosto de la obediencia a Dios.

San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él. (CEC, 2087). La Obediencia es una virtud que engendra y conserva en el alma las demás virtudes. San Juan Clímaco dice que en un monasterio vio unos monjes viejos llenos de canas y de muy venerable presencia, que, como unos niños, estaban siempre dispuestos para obedecer y discurrir a una parte y a otra, y algunos de ellos hacia 50 años que militaban debajo de la obediencia, y les preguntó ¿Qué consolación habían alcanzado de aquella su grande obediencia y trabajo? Y unos respondían que por este medio habían llegado al abismo de la humildad, con la cual estaban libres de muchos combates del enemigo; otros, que por aquí habían llegado a perder el sentimiento en las injurias y en deshonras. De manera que la Obediencia es el medio para alcanzar todas las virtudes (p. Alonso Rodríguez sj. Ejercicio y práctica de las virtudes cristianas, Tomo III).

La obediencia nace de la libertad y conduce a una mayor libertad.

La obediencia a Dios es algo que a Él le agrada cuando la ejercemos voluntariamente. Y es por esto mismo que Él no nos obliga a obedecerlo y, más bien, nos ha dado el libre albedrío. Cuando el hombre entrega su voluntad en la obediencia conserva la libertad en la determinación radical y firme de escoger lo bueno y lo verdadero.

El amor es lo que hace que la obediencia sea plenamente libre. La obediencia es el resultado de amar a Dios. Como afirma Jesús: "Si me amáis guardaréis mis mandamientos… Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él." (Juan 14, 15. 23). El amor, se manifiesta en confianza en Dios y ésta tiene su expresión exterior en el acto de obediencia a Su voluntad. Esto significa en la práctica, el reconocimiento que Dios es el Padre lleno de misericordia, que desea solamente la felicidad de su hijo.

Cristo, modelo de obediencia.

Cristo mismo demuestra Su amor al Padre en su respuesta obediente, confiada, a Su Plan salvífico. Obedeció al Padre “... y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz” (Flp 2, 8) dándonos un ejemplo de cómo debemos obedecer. "Y aunque era Hijo, por lo que padeció, aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen" (Hebreos 5, 8-9). Y esta actitud de obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición: “En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos.” (Rom 5, 19) (cfr. CIC 1009)

El mayor de los sacrificios. La Obediencia.

En la historia bíblica vemos cómo Dios prefiere la obediencia al sacrificio. Leemos “Mejor es la obediencia que las víctimas” (1 Sam 15, 22). Por tal razón el sacrificio de Abraham vale a los ojos de Dios, no tanto por el hijo ofrecido sino por la obediencia confiada. (cfr. Gen 22) “Y con razón –comenta San Gregorio Magno– se antepone la obediencia a las víctimas, porque mediante las víctimas se inmola la carne ajena, y en cambio por la obediencia se inmola la propia voluntad”, lo más difícil de entregar, porque es lo más íntimo y propio que poseemos. Por eso la obediencia es tan grata al Señor, y de ahí el empeño de Jesús, por enseñarnos con su palabra y con su vida que el camino del bien, de la paz del alma y de todo progreso interior pasa por el ejercicio de esta virtud. Bien le dice el Señor a Santa Faustina: ...No exijo tus mortificaciones, sino la obediencia. Con ella Me das una gran gloria y adquieres méritos para ti. (DSF 28)

El libro de Proverbios dice: Vir obediens loquetur victoriam, (el varón obediente cantará victoria) (Prov 21, 28), y es cierto, el que obedece alcanza la victoria, pues obtiene la gracia y la luz necesaria del Espíritu Santo, que Dios otorga a los que obedecen (cfr. Hech 5, 32). Damos mayor gloria a Dios cuando somos obedientes, como Jesús, quien no buscó hacer su propio parecer sino que en todo buscó la gloria del Padre, como afirma santa Faustina: “... Aunque se obre bien [pero] en contra de la obediencia, los actos se convertirían en malos o sin merito.” (DSF 93).

En este tiempo que meditamos en la Pasión de Cristo como motivación de conversión y de perfección de la vida cristiana, nos ha de llevar a preguntarnos frecuentemente: ¿Estoy haciendo lo que Dios quiere, o me dejo llevar por mi capricho, mi vanidad, mi estado de ánimo?, ¿sé oír la voz del Señor en los consejos de mi director espiritual?, ¿es mi obediencia sobrenatural, interna, pronta, alegre, humilde y discreta?

Pidamos a la Madre de la Divina Misericordia nos alcance de su Hijo un corazón grande y un ánimo generoso para responder obedientemente aún a costa de sacrificios personales, pues la obediencia es el mayor de los sacrificios. Y así lograremos identificarnos con Cristo mediante la obediencia.

Para profundizar en el Diario de Santa Faustina:

  • Jesús obedeció, 535
  • Sobre la virtud de la obediencia (el catecismo de los votos), 93
  • Abarca la mente, la voluntad y el juicio, 535
  • Dios no exige mortificaciones, sino la obediencia, 28
  • Deseo que sea más obediente, Jesús, 354
  • Necesaria para agradar a Dios, 354
  • Vale más que sacrificios, 904
  • Cuando la obediencia significa sacrificio, 364-365
  • Da gloria a Dios, 28, 904
  • Oportunidad para hacer sacrificios, 1386
  • Los esfuerzos, aunque sean los más grandes, sin obediencia, no son agradables a Dios, 354
  • Obedecer siempre, 535
  • En lo pequeño, 364
  • En la desesperación, 99, 102

A quienes obedecer:

  • Al Señor y al confesor, 645
  • Al confesor, 139, 639, 645, 1375
  • Al director espiritual, 910, 932, 979
  • Al confesor y a la superiora, 1567
  • Al confesor y al médico, 894
  • A las reglas, 189

Poder de la obediencia, 105, 1112, 1187, 1378

  • Tiene un gran poder, 1187
  • Fuerza para soportar sufrimientos, 981
  • En el combate espiritual, 105
  • Sobre la enfermedad, 1378
  • Vence la debilidad, 381
  • Quita debilidad y da fortaleza, 381
  • Da fortaleza y fuerza para obrar, 1686
  • Mayor recompensa en obedecer, que por penitencias y por grandes mortificaciones, 189, 933
  • Tabla de salvación en la prueba, 68, 77
  • Gana almas, 961

Los grados de la obediencia, 444

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