Nuestro Compromiso: Seguir trabajando por el Reinado de la Misericordia Divina

Nuestro Compromiso: Seguir trabajando por el Reinado de la Misericordia Divina

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron...” (Apocalipsis 21, 1).

En el Año Santo hemos sido invitados a contemplar a Dios que se nos ha revelado como “misericordioso, compasivo, paciente, rico en clemencia y fiel” (Ex 34, 6). Hemos vivido este año con el deseo profundo de ver impresa la imagen de Cristo en nuestros corazones, es decir, vivir Su Reinado.

Este sentimiento no es solo un sentimiento personal, es la necesidad, el clamor de la humanidad y es la misma oferta de la Misericordia: “... La humanidad no encontrará la paz hasta que no se dirija a mi misericordia...” (cfr. DSF, 300).

¿Pero qué quiere decir esto? Significa que para que haya paz, es necesario dejar reinar a Cristo. Que solo si Él reina, puede haber justicia verdadera y paz estable. Y la paz que Él ofrece es más que paz espiritual, es social e internacional.

Jesús es Rey. Dios le ha hecho Señor y Cristo (Cfr. He 2, 36). En su bautismo el Padre le ha ungido como sacerdote, profeta y rey. Es rey por su obediencia hasta la muerte y haberse hecho servidor de todos.

Pero su realeza no es al modo que concebimos en la sociedad. El mismo Jesús lo rechaza al decir: “Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36). Afirma el papa Pío XI en la Encíclica Quas Primas, culminando el Año Santo de 1925, que su ser de rey: “«Cristo es Rey universal de este mundo por su propia esencia y naturaleza» (san Cirilo de Alejandría), en virtud de aquella admirable unión que llaman hipostática, la cual le da pleno dominio no solo sobre los hombres, sino sobre los ángeles y todas las criaturas.” (Encíclica Quas Primas, 11 de diciembre de 1925), sellando con esta afirmación su ideal de «La paz de Cristo en el Reino de Cristo». O como decía san Juan Pablo II: “El Reino de Cristo es el reino del amor misericordioso.”

A veces pensamos que el Reinado de Dios es un reinado espiritual. O más aún, lejano, en el cielo, donde Jesús tiene un trono, y al que llegamos al morir y tener un juicio. Pero esa no es la noticia de Jesús. La Buena Noticia no es un lugar en el cielo, sino la soberanía de Dios en el corazón de cada ser humano, cuyo fruto es una “tierra nueva”.

Su reinado no legitima la dominación, económica, política o religiosa, que implica algún tipo de violencia. No, el reino es de misericordia. Dice el salmo: En sus días florecerá la justicia y la paz. (Sal 72, 7). El reinado de Cristo es una buena noticia para los pobres, para el marginado, el excluido. Es noticia de la cercanía de Dios que llega a consolar (cfr. Is 49, 13), a instaurar nuevas relaciones entre los hombres. Donde se da el encuentro, reconociendo la dignidad del otro como hijo de Dios; como un don de Dios para mí; como protagonista de la historia y constructor del Reino. “El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre y la de la unidad fraterna.” (Juan Pablo II, Homilía en la canonización de sor Faustina. 30 de abril de 2000).

Vivir el reinado de la Misericordia exige una comunidad, la Iglesia, y una acción en pro de la sociedad. Una Iglesia que da testimonio de Él, quien la rige, la guía y la une. Una comunidad que da testimonio con su actuar en el mundo. Como afirmaba el beato Pablo VI, “Construir la civilización del amor significa instaurar el Reino de Dios.”

¿Cómo continuaremos en esta tarea de construir el Reino de la Misericordia en la que le papa Francisco nos ha encauzado en el Año Santo? Tomemos algunas ideas expresadas en la Carta Apostólica “Misericordia et misera” que se convierten en hoja de ruta para el reinado de la Misericordia para los años venideros:

1. Seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina” (No. 5).

2. Ser instrumentos del perdón, “el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida.” (No. 2).

3. Compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura: “Deseo vivamente que la Palabra de Dios se celebre, se conozca y se difunda cada vez más .La lectio divina sobre los temas de la misericordia permitirá comprobar cuánta riqueza hay en el texto sagrado, que leído a la luz de la entera tradición espiritual de la Iglesia, desembocará necesariamente en gestos y obras concretas de caridad” (No. 7).

4. No dejar de hacer obras de misericordia: “El mundo sigue generando nuevas formas de pobreza espiritual y material que atentan contra la dignidad de las personas. Por este motivo, la Iglesia debe estar siempre atenta y dispuesta a descubrir nuevas obras de misericordia y realizarlas con generosidad y entusiasmo” (No. 19).

5. Generar una verdadera revolución cultural a partir de la simplicidad de esos gestos que saben tocar el cuerpo y el espíritu, es decir la vida de las personas...” y haciendo eco a las palabras del Señor a santa Faustina (cfr. DSF, 742) nos exige: “No hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que Él se ha identificado con cada uno de ellos.” (No. 20).

Esta es la tarea, continuar en la extensión de “la Chispa de la misericordia”, ¡Ser testigos de la Misericordia! hasta ver el triunfo de la Misericordia. “Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que se había sembrado débil y corruptible se vestirá de incorrupción y, permaneciendo la caridad y sus frutos, toda la creación, que Dios creó por el hombre, se verá libre de la esclavitud de la vanidad... (Cfr. Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, No. 39).

P. Ricardo Giraldo s.e.s

Asesor General Casa de la Misericordia